Ricardo García

Regar el futuro

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Hay veranos que no se viven, se resisten. Y luego están quienes, además de resistirlos, deciden plantar cara con una pala, unas garrafas y una idea bastante sencilla: si queremos un futuro algo menos castigado, habrá que empezar por cuidar lo que todavía puede echar raíces.

En Alcalá de Henares he tenido la oportunidad de acercarme a una de esas iniciativas que no suelen hacer ruido, pero que dicen mucho más que muchas ruedas de prensa: la de la asociación Un millón de Árboles por el Cambio Climático. Y lo que vi allí, pasada la finca La Peruana, en la Cañada Real Galiana, a la altura del kilómetro 26, me dejó claro que todavía queda gente dispuesta a trabajar por algo que no se ve de inmediato, pero que importa de verdad.

En mayo plantaron cien almendros en la orilla izquierda de la cañada. Cien. Puede parecer poco si uno piensa en grandezas y discursos, pero basta mirar el terreno, el sol y el esfuerzo que hay detrás para entender que no hablamos de un gesto decorativo. Hablamos de trabajo serio. Primero hubo que preparar los hoyos, con apoyo de los chicos de la UFIL. Después, un domingo, se juntaron personas y vecinos de Alcalá para plantar. Muchos eran simples plantones, sí. Pero ahí estaban. Frágiles, modestos y cargados de porvenir.

Porque plantar árboles es bonito, no vamos a engañarnos. Tiene algo de ceremonia amable, de mañana compartida, de foto que queda bien. Pero el verdadero valor empieza después. Empieza cuando se apagan los aplausos y toca volver. Cuando llega el calor de verdad, ese que no entiende de buenas intenciones ni de excusas. Cuando hay que regar. Y regar otra vez. Y volver a regar.

Eso es lo que me llamó la atención. La constancia. Quedamos a las ocho de la tarde porque antes no se puede; la vida, con sus horarios, sus trabajos, sus compras y sus familias, no siempre deja hueco. Y allí aparecieron ellos, con su coche, su música y su rutina de resistencia. La musiquita del coche, entre risas y comentarios, le ponía al trabajo un ritmo que no es el de los informes, sino el de la gente que se reúne por algo que le interesa.

Rellenan garrafas de 5 y 8 litros en un punto de agua cedido por el Ayuntamiento, luego cargan el vehículo y recorren la línea de arbolitos para ir one by one, con paciencia de artesano, con fe de vecino, con esa mezcla tan escasa de realismo y empeño que tanto cuesta encontrar hoy.

Si se riegan con garrafas, unas 35 cada vez, y en estas fechas toca hacerlo cada dos o tres días, entonces estamos hablando de una dedicación que no cabe en un titular fácil. Porque no se trata solo de plantar: se trata de sostener. De aguantar la sequía después de una primavera lluviosa. De entender que el verano llega siempre con la misma brutalidad y que la naturaleza no firma contratos de permanencia.

Y aun así, ahí siguen.

Me gustó especialmente un detalle mínimo, casi invisible, pero enorme en significado: un pequeño recipiente improvisado para los pájaros. «También tienen que beber», me dijeron. Y ahí está la diferencia entre hacer algo por cumplir y hacerlo con conciencia. Porque no solo se cuidan árboles; se cuida un entorno, una comunidad, una forma de mirar el mundo sin olvidar a los demás seres que lo habitan.

No nos engañemos: este tipo de acciones no van a frenar por sí solas el cambio climático. Sería absurdo vender esa idea. El problema es demasiado grande, demasiado global, demasiado arraigado. Se parece demasiado a un Titanic que sigue avanzando con la arrogancia de quien cree que todo se puede improvisar. Pero precisamente por eso hacen falta gestos como este. Porque si no podemos parar el barco de golpe, al menos conviene remar, reparar, avisar y plantar donde todavía se pueda.

Y sí, este texto se sale de los problemas vecinales del centro, pero también por eso me pareció necesario hacerlo. Porque una asociación vecinal no debería limitarse a mirar solo su calle, su barrio o sus urgencias inmediatas. También puede abrir ventana y recordar que hay otras realidades, otros esfuerzos, otras batallas que merecen ser contadas. Y esta, la de quienes riegan cien almendros para que algún día den sombra, es una de ellas.

Desde aquí, como alcalaíno y como alguien que valora el trabajo bien hecho, solo me queda agradecerles el tesón. Porque hay personas que prometen cambios. Y hay otras que, mientras tanto, ya están llenando las garrafas.

1 comentario en «Regar el futuro»

  1. Sobran los comentarios aunque se agradecen. La labor se seguirá haciendo con la esperanza de que, si al final ese verde buscado y sufrido no prospera, al menos quedará el ejemplo que supone ser constante cuando la idea es ejemplar y, sobre todo, necesaria. Y también, el ejemplo a seguir para la generaciones que nos siguen, que aprenderán, o debieran, de nuestro interés por intentar al menos mejorar un mundo que no supimos mantener como herencia vital y testimonio.

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